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El rey que no hace la guerra (pero le abre la puerta)

Abdullah II, el Gran Israel y la traición silenciosa al mundo árabe

Análisis geopolítico desde una perspectiva panárabe

Hay una escena que resume mejor que cualquier discurso el estado de postración del mundo árabe en este siglo XXI: imágenes satelitales chinas —cuya nitidez parece un mensaje político en sí mismo— muestran dieciocho cazas furtivos F-35 estadounidenses estacionados en la base aérea jordana de Muwaffaq Salti, con sus morros orientados hacia Irán. Casi en sincronía, en la tribuna de la ONU, el rey Abdullah II de Jordania declara, con esa solemnidad impostada que da el inglés de Oxford, que su país “no será un campo de batalla para nadie”.

La contradicción es tan obscena que no necesitaría comentario, pero el silencio es precisamente el combustible de esta farsa. Llevamos décadas aprendiendo a no ver el elefante en la habitación, pero el elefante ahora tiene alas de titanio y capacidad nuclear.

La semántica como última línea de defensa

Los reyes, cuando no pueden sostener la verdad ante sus pueblos, construyen eufemismos impermeables. Abdullah II ha perfeccionado este arte hasta convertirlo en una ontología de Estado.

  • La narrativa del “escudo”: Jordania no “participó en la defensa de Israel”; simplemente derribó proyectiles iraníes sobre su propio espacio soberano en abril y octubre de 2024, y nuevamente en junio de 2025, bajo la premisa de la “seguridad nacional”.
  • La erosión de la soberanía: Jordania no “alberga bases militares ofensivas”; simplemente ratificó en 2021 un Acuerdo de Cooperación en Defensa que es, de facto, una capitulación. Este documento, aprobado por decreto real para evitar el siempre “incómodo” debate en el Parlamento, otorga a las fuerzas estadounidenses libertad de movimiento, exenciones fiscales y jurisdicción legal propia.

Cuando el lenguaje diplomático consiste en decir exactamente lo contrario de lo que se ejecuta en el terreno, deja de ser diplomacia para convertirse en propaganda de contención doméstica. La pregunta no es si el monarca hachemita miente, sino qué abismo está intentando tapar con sus palabras.

Jordania es, por diseño colonial y accidente geográfico, el Estado-tapón más frágil del planeta. Limita con las heridas abiertas de Siria e Iraq, con el gigante saudí y con la expansión implacable de Israel. Con un 60% de su población de origen palestino, la monarquía camina sobre un suelo de cristal.

La legitimidad de Abdullah II es un taburete de tres patas rotas:

  • La ayuda exterior: Su economía es un paciente en estado crítico conectado al respirador de los subsidios de Washington.
  • La custodia religiosa: Su prestigio emana de la protección de los Santos Lugares en Jerusalén, un título que hoy depende enteramente de la “buena voluntad” de un gabinete israelí que no oculta su deseo de anexión total.
  • La paz social: Un contrato tácito con la calle árabe que se resquebraja cada vez que un caza jordano escolta a un avión estadounidense.

El rey ha optado por la esquizofrenia política: sus discursos son para las plazas de Ammán, pero sus pistas de aterrizaje son para el Pentágono. Esta doble vida está generando una deuda de honor que el mundo árabe, tarde o temprano, vendrá a cobrar.

El Gran Israel: Del mito a la Gaceta Oficial

Durante décadas, el concepto de Eretz Yisrael Hashlemah (el Gran Israel) fue relegado al sótano de las teorías conspirativas. Los analistas occidentales lo tildaban de “retórica marginal” de fanáticos religiosos. Ese tiempo de inocencia —o de ceguera voluntaria— terminó.

Mapa de Eretz Yisrael
Eretz Yisrael según el sionismo político de Theodor Herzl

En agosto de 2025, el primer ministro Benjamin Netanyahu rompió el último tabú al respaldar públicamente mapas que borran las fronteras internacionales en favor de una expansión que evoca el irredentismo más radical: desde el Nilo hasta el Éufrates. La reacción árabe fue una coreografía de indignación burocrática: condenas de la Liga Árabe, notas de protesta del Consejo de Cooperación del Golfo y comunicados conjuntos de treinta y un países.

Sin embargo, mientras el mundo árabe redactaba adjetivos, Israel redactaba decretos. En febrero de 2026, el avance es físico:

  • La demolición de la continuidad: El proyecto E1 está estrangulando Jerusalén Este.
  • La reforma de Smotrich: Se han eliminado las barreras legales para que los colonos adquieran tierras en Cisjordania como si de un mercado inmobiliario privado se tratase.
  • El desplazamiento récord: 37,000 palestinos expulsados en 2025. El “Gran Israel” no es una invasión súbita; es una marea que sube centímetro a centímetro hasta que el vecino se ahoga.

Jordania y el espectro del “Hogar Alternativo”

Para la monarquía hachemita, el peligro no es una declaración de guerra formal. Es la doctrina de la Transferencia. La derecha israelí ya no susurra su solución al “problema demográfico”: convertir a Jordania en el “Estado Palestino” de facto, despejando así Cisjordania para la colonización total.

El ex vicepremier jordano Mamdouh al-Abbadi lo advirtió en Al Jazeera con una crudeza que heló la sangre en Ammán: “La transferencia ya no es una amenaza; es una fase de ejecución”. Si Israel empuja a millones de palestinos al otro lado del Jordán, la monarquía desaparecería en una tarde, barrida por la presión demográfica y la furia política.

Lo más trágico de la figura de Abdullah II es su clarividencia impotente. Él sabe que está alimentando al lobo que tiene su nombre escrito en los colmillos. Albergar los F-35 que garantizan la hegemonía de quien planea su extinción no es realismo político; es un suicidio asistido.

El silencio del Hiyaz y la parálisis saudí

Si Jordania es la primera ficha del dominó, Arabia Saudita es el premio mayor. El proyecto del Gran Israel no se detiene en el río Jordán; sus mapas más ambiciosos incluyen el norte de la Península Arábiga y el Hiyaz.

Para la Casa de Saúd, cuya única razón de ser es la custodia de La Meca y Medina, esta es una amenaza existencial a su legitimidad religiosa mundial. No obstante, el Reino se encuentra atrapado en la “trampa de la normalización”. Washington ofrece garantías de seguridad frente a Irán a cambio de abrazar a Israel. Pero, ¿qué seguridad ofrece un aliado que aspira a tus tierras sagradas? El silencio de Riad ante el avance del Gran Israel es el silencio de quien intenta negociar con un incendio mientras se le quema la túnica.

El panarabismo político murió en 1967, pero el sentimiento panárabe sigue siendo el único contrapoder real en la región. No está en los palacios, sino en las calles de El Cairo, Bagdad y Ammán.

Abdullah II representa hoy la culminación de una traición histórica: la preferencia del trono sobre la nación, del régimen sobre el pueblo. Al elegir bando en la guerra silenciosa contra Irán y el eje de la resistencia, las monarquías prooccidentales han dejado huérfana a la causa palestina. Han aceptado que el precio de su supervivencia sea la complicidad activa en el borrado de su propia identidad regional.

Conclusión: El reloj de Muwaffaq Salti

Las imágenes chinas de febrero de 2026 son el acta de defunción de la ambigüedad jordana. Ya no hay donde esconderse. Jordania es hoy una plataforma logística para una guerra que, de estallar, no solo buscará destruir a Irán, sino rediseñar definitivamente el mapa del Mashreq.

La ironía final es de una oscuridad insoportable: el Reino Hachemita, descendiente directo del Profeta y guardián de la historia árabe, se ha convertido en el escudo más útil de quienes ven su desaparición como una necesidad teológica y política.

El tiempo se agota. El Gran Israel avanza piedra a piedra, y el rey que no quería ser un campo de batalla ha terminado siendo el portero que, con guantes de seda, le abre la puerta al invasor. Si el mundo árabe no despierta de su letargo de despachos y comunicados, lo que le espera no es solo una derrota política; es la disolución geográfica e histórica.

Este artículo refleja una perspectiva de análisis geopolítico independiente. Las opiniones expresadas son del autor y no representan posición institucional alguna.