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Eretz Yisrael: entre la Torah y el nacionalismo

Un Israel que priorizara la Torah ética por encima del nacionalismo, la ocupación y el supremacismo podría convertirse en una verdadera bendición para la humanidad: un Eretz Yisrael que irradie justicia en vez de miedo.

La paradoja es brutal: el mismo texto que inspira a muchas familias judías a asentarse en la tierra también contiene las advertencias más duras contra el abuso del poder. La tierra no se entrega como trofeo étnico, sino como encargo condicional:

“No contaminéis, pues, la tierra donde estéis… porque la sangre contamina la tierra, y la tierra no puede ser expiada de la sangre derramada sobre ella sino por la sangre de quien la derramó.” (Números 35:33)

Eretz Yisrael, en la propia tradición judía, es menos “derecho natural” y más examen constante de conciencia.

La misión olvidada: ser “luz de las naciones”

El imaginario judío conoce bien la expresión: “ser luz de las naciones”. No es un invento moderno, es una frase bíblica:

“Yo, el Eterno, te he llamado en justicia… te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones.” (Isaías 42:6)

“También te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra.” (Isaías 49:6)

Si tomamos en serio esta misión, ser “pueblo elegido” no significa ser el centro del mundo ni estar por encima de los demás, sino aceptar una carga extra de responsabilidad ética. Elegido no para dominar, sino para servir de ejemplo incómodo.

Ese ejemplo está definido con una claridad casi obsesiva en la Torah:

“Cuando el extranjero resida con vosotros en vuestra tierra, no lo oprimiréis. Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto.” (Levítico 19:33–34)

“Amaréis, pues, al extranjero, porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto.” (Deuteronomio 10:19)

¿Cómo encaja esto con checkpoints, desalojos, colonias y un régimen que organizaciones israelíes describen ya sin rodeos como “supremacía judía” entre el río y el mar?

Torah ética vs. nacionalismo, ocupación y supremacismo

El corazón de la Torah no está en la geopolítica, sino en la justicia. El texto martilla tres figuras: la viuda, el huérfano y el extranjero. Es casi un estribillo:

“A ninguna viuda ni huérfano afligiréis. Porque si tú llegas a afligirles, y ellos claman a mí, ciertamente oiré yo su clamor; y se encenderá mi furor…” (Éxodo 22:22–24)

“Él hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama también al extranjero, dándole pan y vestido.” (Deuteronomio 10:18)

En clave contemporánea, esos “huérfanos, viudas y extranjeros” tienen hoy nombres y apellidos concretos en Palestina e Israel: familias desposeídas, comunidades bajo ocupación, minorías sin igualdad de derechos. Cada vez que el discurso nacionalista y supremacista convierte al otro en “problema demográfico”, está desobedeciendo frontalmente estos versículos.

El nacionalismo dice: “Esta tierra es nuestra, primero nosotros”. La Torah responde:

“Mía es la tierra, porque vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo.” (Levítico 25:23)

No es solo una frase piadosa; es una desactivación radical de la propiedad absoluta. La tierra no es “del pueblo”, la tierra es de Dios, y el pueblo solo la administra mientras sea capaz de hacerlo con justicia.

El poder de las familias judías en Eretz Yisrael

Las familias judías que se asientan en la tierra tienen un poder inmenso: moldean barrios, escuelas, economías, liturgias cotidianas. Ese poder puede sostener un proyecto de dominación o un proyecto de Torah ética.

Una escuela puede enseñar a los niños que el no judío es un enemigo eterno, o puede enseñarles que la Torah repite, más que cualquier otro mandamiento, el deber de amar al extranjero. Los comentaristas señalan que la orden de no oprimir al “ger” aparece decenas de veces, más que el Shabat o la kashrut.

El versículo central lo resume de forma demoledora:

“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Levítico 19:18) — de este mandamiento, dirá más tarde la tradición, “depende toda la Torah”.

El problema no es que la Torah no sea clara; el problema es que el proyecto nacional ha decidido leerla selectivamente.

De foco de resentimiento a foco de inspiración espiritual

Hoy, para buena parte de la humanidad, el nombre “Israel” evoca muros, soldados y bombas más que salmos, profetas y sabiduría. No es solo culpa de “los otros”; es el fruto acumulado de decisiones concretas que priorizan seguridad entendida como control y supremacía sobre la seguridad entendida como justicia para todos.

Sin embargo, los mismos textos que hoy se usan para justificar poses eufóricas sobre “Eretz Yisrael” podrían sostener una transformación radical. Bastaría con tomar en serio frases que ya están ahí:

“Una misma ley tendréis para el extranjero, como para el natural de la tierra.” (Levítico 24:22)

“No pervertirás el derecho del extranjero ni del huérfano, ni tomarás en prenda la ropa de la viuda.” (Deuteronomio 24:17)

Un Estado que se estructure alrededor de estos versos —no solo en discursos, sino en constitución, tribunales, ejército, colonias, economía— dejaría de ser un foco de resentimiento para convertirse en un experimento espiritual sin precedentes: un pueblo que ha sufrido persecución y genocidio eligiendo no reproducir la lógica del verdugo.

No raza, sino alianza

“Después de todo, el judío real es el que practica su fe, no el que cree que por descender ya es judío.” Esa idea encuentra eco en la tradición. El debate “¿qué es un judío?” atraviesa siglos, pero incluso con criterios halájicos de linaje, el énfasis ético siempre reaparece: sin justicia, la identidad vacía no basta.

Los profetas fueron brutales con un Israel que confiaba en su “elección” mientras pisoteaba el derecho del pobre. Amós lo deja claro:

“Solo a vosotros he conocido de todas las familias de la tierra; por tanto, os castigaré por todas vuestras maldades.” (Amós 3:2)

Elección no como privilegio racial, sino como responsabilidad agravada. Más luz exigida, más juicio cuando esa luz se apaga.

Eretz Yisrael como bendición posible

Si las familias judías que hoy sostienen el proyecto israelí decidieran leer la Torah con apego pero también con humildad, amor al prójimo y amor al extranjero, Eretz Yisrael podría dejar de ser un símbolo de excepción para convertirse en un símbolo de reconciliación.

No es ingenuidad; es coherencia. El mismo Dios que promete la tierra promete también que la tierra vomitará la injusticia. El mismo texto que habla de elección habla de juicio doble. El mismo pueblo que se ve a sí mismo como “luz de las naciones” tiene que decidir si quiere iluminar el mundo… o cegarlo con el resplandor de su propia autosuficiencia.

La bendición está escrita. Falta que alguien, allí donde se toman las decisiones y allí donde se crían las nuevas generaciones, se atreva a creer en ella más que en el miedo.