El sol de agosto reclama su imperio sobre el Decumano Máximo, bañando el basalto que mis antepasados tendieron. Camino sobre estas piedras, grabadas por el hierro de los carros, sintiendo en cada surco el latido de una ciudad que se sabe Roma, eterna bajo el ala del César. Salto sobre los bloques de paso como quien cruza un Estigia de lodo, mientras el aire se impregna con el aliento de los thermopolia: vapores de vino y garum, la esencia que sostiene a Campania.
Me detengo ante la muela de Popidio Prisco. Oigo el roce de la piedra contra el trigo; el engranaje de la civilización, el labor omnia vincit que nos define. Los esclavos, con el torso en sudor, y las mulas, en su giro, transforman el grano en la harina que es la paz de los hogares. Es una danza de esfuerzo que el propio Tito bendeciría como el triunfo del orden sobre el caos. Más adelante, el Foro se abre bajo la luz. Allí, los comerciantes de Hispania despliegan sus productos ante las estatuas imperiales, y el tintineo de los sestercios suena como un himno a la Pax Romana.
Desde la Porta Stabia, una caravana avanza con la parsimonia de las legiones. Veo a los libertos, hombres que compraron su destino, escoltando las riquezas de las villas. Entre ellos reconozco a los clientes de Holconio Rufo, cuyos nombres adornan las paredes en letras rojas, buscando el voto que mañana será poder. Pompeya es esto: un flujo de sangre, comercio y ambición; el nudo que une el puerto con el corazón de la República.
Al pasar ante los umbrales de los Vettii, el aire se torna denso. El incienso trepa por las columnas, llevando a los Lares las plegarias por el Imperio. Los frescos nos observan; allí, Aquiles y Venus parecen advertirnos memento mori, que la belleza es el refugio contra la brevedad del hombre.
Miro hacia el Vesubio, nuestro gigante coronado de vides, el altar donde Baco vertía su gracia. Lo que creíamos una bendición era solo el velo de un monstruo. Ahora, el mediodía se rasga con un estruendo; no es el trueno de una tormenta, sino el crujir de los cimientos del mundo. De la cima brota una columna, un pino de humo que devora la luz y se extiende como un sudario. El sol, ojo de Júpiter, se apaga, convirtiéndose en una moneda de cobre bajo el velo de la muerte.
¡Iuppiter Optimus Maximus! ¡Tú que sostienes el rayo, detén esta locura! El cielo es un campo de batalla donde los relámpagos iluminan los rostros de la plebe. Llevo mis manos al pecho y, capite velato, me cubro la cabeza con la toga, buscando refugio en un rito que hoy se siente impotente. El aire es ya un veneno, un vapor de azufre que quema la garganta. De pronto, un golpeteo rítmico suena sobre los tejados: no es agua, son piedras calientes que caen como granizada.
El pánico corre. Los magistrados han olvidado su púrpura y los mercaderes dejan que sus balanzas sean sepultadas por el manto de ceniza que ya hunde los techos. Clamo a los dioses, a la Fortuna que nos ha dado la espalda, pero el cielo solo responde con un rugido. Comprendo que la piedra no es eterna y que ni el nombre del César puede detener la lluvia de escombros. Pompeya se asfixia. ¡Que los Manes nos guíen, porque el mundo que conocí se convierte en un sudario de polvo y silencio!
