Queridos lectores:
Cada día más personas se asoman al abismo digital. Algunas se lanzan sin cuerdas, sin saber si saldrán ilesas. Hay quienes hallan en la red un refugio, una casa de opio en la que se disuelven las horas. Otros, como ustedes y yo, la percibimos como la Biblioteca de Alejandría de nuestro tiempo: vasta, luminosa y desbordante de posibilidades. Yo, por mi parte, la transito como creador y curador —una mezcla de artesano y explorador— buscando hallar sentido entre tanto ruido.
Los narradores somos los escaldos modernos. Compartimos fragmentos de nuestras historias con la esperanza de provocar algo en quien nos lee: una sonrisa, una reflexión o incluso un desacuerdo. No somos infalibles; erramos, como todos, pero seguimos, sabiendo que esta labor no es un pasatiempo sino un oficio que se sostiene con pasión y disciplina.
Por eso hoy coloco el sombrero en el suelo. Lo hago con humildad, pero también con el orgullo de quien sabe que su voz tiene valor. A quienes creen que todo en internet debe ser gratuito, les ofrezco respeto, pero también franqueza: seguiré pidiendo su apoyo. Quien desee ofrecerlo, bienvenido sea; quien no, puede seguir su camino, pero que no interrumpa. En cada plaza pública se respeta al artista que intenta ganarse el pan con su voz.
El mecenazgo ha sido esencial en todas las épocas, y ahora, más que nunca, es un acto de resistencia. En esta era donde lo gratuito abunda, el arte corre el riesgo de volverse invisible. Por eso, cada aporte —una moneda, una palabra de aliento, una lectura compartida— conserva viva la llama de lo que hacemos.
A quienes pueden y eligen apoyarme, gracias por ser parte de esta comunidad. Y a quienes no, gracias también por su silencio respetuoso. Todo gesto cuenta, incluso la atención que me ofrecen al leer estas líneas.
Con gratitud y con un brindis al aire,
Skol.
DONATIVOS: https://ko-fi.com/elabuelokraken