El discurso de Trump del 17 de diciembre no fue solo un balance de gestión: fue un ejercicio concentrado de propaganda económica y polarización política que, visto desde la socialdemocracia, apunta en la dirección contraria a cualquier proyecto de justicia social mínimamente serio. Mientras asegura que todo va mejor para la gente común, sus palabras y los hechos que las desmienten muestran un gobierno más preocupado por el espectáculo y la construcción de enemigos internos que por redistribuir poder y riqueza
El “milagro económico” que no llega a la mesa
Trump presentó una economía casi idílica: inflación detenida, precios a la baja y un país al borde de un boom sin precedentes. Sin embargo, incluso los análisis más moderados subrayan que lo que ha ocurrido es una desaceleración de la inflación, no una rebaja generalizada del costo de la vida, que sigue siendo más alto que antes de los picos inflacionarios de los últimos años. Desde una óptica socialdemócrata, cantar victoria porque los precios suben más lento equivale a celebrar que la herida sangra menos, mientras se evita hablar del paciente que sigue sin poder pagar la renta o el súper.
La comparación con la etapa Biden muestra una realidad más matizada: muchos de los indicadores de empleo y crecimiento ya venían de una trayectoria de recuperación, y la retórica de “heredé un desastre y lo arreglé todo en once meses” es, como mínimo, selectiva y engañosa. El discurso ignora cuestiones clave como negociación colectiva, fortalecimiento de servicios públicos, vivienda asequible o impuestos progresivos; en su lugar, vende una narrativa personalista de genio empresarial que borra el conflicto distributivo y convierte la economía en un escenario de culto al líder, no de política democrática.
Populismo de cheques y marca personal
El llamado warrior dividend, esos 1,776 dólares para parte del personal militar, condensa el estilo de gobierno que la socialdemocracia critica: gestos espectaculares, dirigidos a grupos simbólicamente cargados, sin transformar estructuras de desigualdad ni crear derechos universales. Es una dádiva puntual, políticamente rentable y mediáticamente vistosa, que no garantiza salarios dignos, seguridad social sólida o condiciones laborales estables para la mayoría de los trabajadores, militares o civiles.
Algo similar ocurre con la promesa de bajar los precios de medicamentos a través de TrumpRx: el énfasis está en la marca y el golpe de efecto, no en una reforma profunda del sistema de salud que limite el poder de aseguradoras y farmacéuticas y garantice cobertura universal. Una agenda socialdemócrata tomaría el problema como un conflicto entre lucro corporativo y derecho a la salud, y propondría regulación fuerte, negociación pública de precios y sistemas públicos robustos, no soluciones parciales envueltas en branding presidencial.
Migración como coartada y chivo expiatorio
Donde el discurso se vuelve más peligroso, es en su tratamiento de la migración: el recurso constante a la noción de invasión, la asociación reiterada entre personas migrantes y criminalidad, y la idea de que “te roban el país” funcionan como un manual de xenofobia políticamente rentable. Esto no solo choca con la evidencia disponible sobre la contribución económica y social de los migrantes, sino que desplaza hacia los más vulnerables la culpa por problemas que tienen su origen en decisiones políticas y económicas tomadas por élites nacionales.
El énfasis en el endurecimiento fronterizo, la retórica de mano dura y la expansión de aparatos de vigilancia y deportación consolidan un complejo industrial de control migratorio con enormes costes humanos. En lugar de discutir vías legales amplias, regularización, cooperación con países de origen y derechos laborales para quienes ya sostienen sectores enteros de la economía, el discurso opta por la comodidad del enemigo externo al que se puede culpar de todo. Desde la socialdemocracia, eso mina la solidaridad y la igualdad de derechos al convertir a una parte de la clase trabajadora (la migrante) en objeto de miedo y castigo.
La erosión de la verdad y la democracia social
Los fact-checks publicados tras el mensaje son claros: el discurso estuvo plagado de exageraciones, distorsiones y afirmaciones directamente falsas sobre inflación, salarios, precios y supuestos logros en materia económica y migratoria. Hablar de que los precios que han bajado tremendamente cuando la realidad es un alivio parcial después de un aumento fuerte, o atribuir exclusivamente a los demócratas el alza de primas y costos de vida, encaja en una lógica de gran mentira que ya se ha documentado en su retórica anterior.
Se necesita un mínimo de realidad compartida para que la deliberación y el conflicto se puedan procesar institucionalmente; cuando el jefe de Estado convierte la política en una guerra narrativa donde los datos son accesorios, el terreno se inclina hacia el autoritarismo blando. Además, el esquema del pueblo decente contra las élites corruptas y traidoras, borra deliberadamente el hecho de que su propia coalición política está íntimamente ligada a grandes intereses económicos, y bloquea la posibilidad de alianzas amplias para reformas redistributivas que trasciendan la división partidista.
¿Qué alternativa plantea la socialdemocracia?
Una respuesta socialdemócrata a este tipo de discursos no puede limitarse a afirmar que Trump miente: tiene que ofrecer una narrativa distinta sobre economía, seguridad y comunidad. Eso implica reconocer que el costo de la vida es un problema real, pero proponer soluciones orientadas a fortalecer salarios, servicios públicos, vivienda social y fiscalidad progresiva, en lugar de culpar a migrantes o a un enemigo partidista abstracto. Significa también plantear una política de salud y medicamentos centrada en el derecho universal, no en plataformas asociadas al nombre del gobernante de turno.
En el terreno simbólico, la socialdemocracia debe contraponer al relato de miedo y resentimiento una idea de comunidad basada en la igualdad de derechos, la diversidad y la protección recíproca, donde un trabajador migrante no es una amenaza, sino un vecino con el mismo derecho a una vida digna. Y en el plano democrático, hace falta insistir en la importancia de medios independientes, fact-checking y controles al poder ejecutivo, para que ningún presidente —se llame Trump o de otra manera— pueda secuestrar la conversación pública con un monólogo autocelebratorio mientras las desigualdades siguen intactas.