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El Árbol de Moras de la Derecha Mexicana: Moralina, Cinismo y el Vacío del PAN

La derecha mexicana se presenta como la guardiana de la moral y del “orden”, pero su propio itinerario histórico muestra algo más sombrío: una moral convertida en recurso retórico, en moralina, y un ethos cada vez más parecido al cacique que decía que “la moral es un árbol que da moras”. La crítica no es solo ideológica; es, sobre todo, una crítica a la distancia entre el sermón y la vida, entre el discurso de valores y la práctica concreta del poder.

De la moral de moras al partido de los valores

Gonzalo N. SantosCuando Gonzalo N. Santos acuñó su famosa frase —“La moral es un árbol que da moras, o vale para una chingada”— no estaba haciendo teoría política; estaba confesando el cinismo estructural de una clase dirigente que entendía el poder como botín. Ese cinismo, descrito con detalle en lecturas contemporáneas de sus memorias, no es un desvío pintoresco, sino una pieza constitutiva de la cultura política del siglo XX mexicano.

El Partido Acción Nacional nació, en buena medida, como respuesta moral a ese régimen: un intento de organizar a los católicos y sectores empresariales bajo la bandera del “bien común”, la dignidad de la persona y la ética pública. Su discurso combinó desde el inicio cristianismo social, liberalismo político y defensa de la propiedad, presentándose como oposición leal y “conciencia” del sistema.

El ethos panista: ideal y práctica

En el nivel doctrinario, el PAN se define como un partido de humanismo cristiano: defensa de la vida, de la familia tradicional, de la subsidiariedad, del Estado de derecho y de la honestidad en el servicio público. Los documentos de formación insisten en el militante íntegro, austero, de vocación de servicio, para quien la política es una forma superior de caridad y compromiso ético.

Pero la revisión empírica de sus años en el poder muestra otra cara: la derecha panista gobernó con un discurso religioso-democrático mientras impulsaba reformas favorables al empresariado, toleraba redes de corrupción y reproducía patrones de exclusión social. La alternancia de 2000 no trajo la “purificación moral” prometida, sino un reacomodo de élites que terminó mimetizando al viejo régimen que decía combatir.

Moralina, cinismo y vacío de proyecto

Con Nietzsche en la mano, se podría decir que la derecha mexicana no encarna una ética afirmativa, sino una moralina de rebaño: sermones sobre familia, nación y valores que ocultan la incapacidad de crear un proyecto vital y político propio. La moral deja de ser trabajo sobre sí para convertirse en arma arrojadiza contra los otros: los pobres “que no se esfuerzan”, las mujeres que reclaman derechos, la disidencia sexual, los movimientos populares.

Cuando la práctica traiciona de forma sistemática el discurso —alianzas con quienes antes llamaban corruptos, pactos con viejos cacicazgos, indulgencia frente a abusos propios— el resultado no es solo hipocresía individual, sino un ethos cínico: se sigue hablando el lenguaje del deber mientras, de hecho, se vive bajo la lógica de Santos. Ese cinismo se vuelve visible en el uso de la “moral” como herramienta de campaña, mientras se normaliza que en política todo se negocia y todo se perdona si asegura cuotas de poder.

Buena parte de la derecha mexicana ha encontrado su cohesión reciente no en un proyecto de país, sino en el anti: anti-izquierda, anti-obradorismo, anti-feminismo, anti-“ideología de género”, anti-“populismo”. Esta lógica negativa encaja con la genealogía nietzscheana de la moral del rebaño: una política movida más por el resentimiento contra quienes encarnan otra forma de vida que por la afirmación de algo nuevo.

En campañas y medios se insiste en el caos que traería cualquier reforma redistributiva o ampliación de derechos, mientras se romantiza un orden que nunca fue igualitario ni justo. El resultado es una derecha que se proclama responsable y adulta, pero que en la práctica bloquea reformas elementales (fiscales, laborales, ambientales, de derechos humanos) que afectarían los privilegios de las élites que la sostienen.

Un ethos en ruinas

La paradoja central de la derecha mexicana contemporánea es que ya no puede vivir del mito de ser “la fuerza moral” del país, pero tampoco logra inventar otra identidad que no pase por administrar miedos y nostalgias. Las bases doctrinarias siguen ahí, impresas en manuales y declaraciones de principios, pero el uso cotidiano de la moral como árbol de moras —como chiste, como coartada, como instrumento— ha erosionado su credibilidad.

Si algo revela esta crisis es que el ethos de la derecha mexicana no es el de la virtud exigente, sino el de la comodidad disfrazada de rectitud: un mundo donde se predica sacrificio mientras se protegen privilegios, se enarbola la ley mientras se negocia la impunidad, y se invoca a Dios mientras se gobierna a la Gonzalo N. Santos. Frente a esa deriva, la crítica no solo tiene derecho a hablar de cinismo; tiene la tarea de desnudar la moralina para abrir la pregunta por otras formas de vida política donde la palabra “moral” deje de ser un juego de moras y vuelva a tocar el suelo de la realidad compartida.

Herd morality, by El abuelo Kraken