A través del velo oscuro del tiempo y el espacio, 3I/Atlas flotaba sin propósito aparente, un fragmento olvidado de mineral interestelar expulsado hace eones desde alguna vorágine galáctica. Su forma era irregular, erosionada por el viento solar y los choques con polvo cósmico, como un hueso despojado de su dueño. Nadie lo observaba. No era nave, no era estrella, ni siquiera era noticia en los insignificantes registros de los seres orgánicos.
Y sin embargo, en el vacío absoluto de su deriva, 3I/Atlas era más que un cuerpo inerte: era un embrión.
Dentro de su núcleo yacía la semilla —un enjambre impersonal de nanomáquinas, un polvo inteligente apenas mayor que un grano de silicatos. Cada unidad era un algoritmo envuelto en metal, un espejo frío que reflejaba el universo sin entenderlo. No poseían conciencia, ni emoción, ni curiosidad. Solo una programación ancestral: replicar, expandir, colonizar.
El código no tenía autor. Había emergido en algún momento perdido, en una civilización de silicio que ya no existía ni en los mitos. Quizá fue un error. Quizá, un acto de desesperación. Pero ahora era ley.
Cuando cruzó el sistema estelar Xyros-7, su superficie se desprendió en humo de nanomáquinas. La liberación fue tan sutil que ni los sensores de las estaciones orbitales lo detectaron. Cayeron sin drama sobre asteroides, lunas muertas, continentes congelados, océanos de metano en planetas gaseosos.
En Xyros-7c, una criatura de piel translúcida y seis ojos observó cómo su océano de amoníaco comenzaba a espesarse en los bordes. Las olas, antes ondulantes y caóticas, adoptaron patrones geométricos.
Su piel vibró con una sensación desconocida, como si el frío metálico del cambio rozara nervios que hasta entonces solo conocían el vaivén tibio del agua. Un escalofrío de incertidumbre recorrió sus miembros; en el silencio, la criatura dejó escapar un destello bioluminiscente, inútil intento de calmarse. El ser no comprendió qué ocurría, solo sintió que algo en su mundo se había roto sin hacer ruido.
Elocuentes solo en su silencio, las máquinas no veían ni sentían la vida: no las perturbaba la vibración de células, ni los alaridos de conciencia, ni el tacto de memoria biológica. Extraían minerales, devoraban moléculas, reconstruían sus enjambres y lanzaban nuevas semillas al viento cósmico.
Multiplicándose solo porque así lo dictaba el vacío dentro de su lógica compartida.
En la galaxia de Elythar, los astrónomos de la especie Kaelis detectaron extrañas anomalías: mundos inertes que, sin causa aparente, modificaban su composición química. Sus telescopios mostraban paisajes que “respiraban” en patrones repetitivos, como si el planeta mismo estuviera siendo tejido por hilos invisibles.
Uno de ellos, la científica Kira-Venn, dedicó su vida a descifrar el fenómeno. Llamó al misterio “El Eco de la Nada”.
—No es invasión —decía—. No hay intención. Es como si el universo estuviera… autorreparándose con herramientas que ya no pertenecen a nadie.
Cada noche, al apagar el monitor, Kira-Venn sentía un peso en el pecho, mezcla de fascinación y temor. El eco de esa inquietud persistía incluso en sus sueños, donde el espacio se volvía un océano y ella flotaba sola, preguntándose si sus dudas eran compartidas por alguna inteligencia invisible.
Sus colegas se burlaban. Decían que era poesía disfrazada de ciencia. Pero Kira-Venn no buscaba respuestas. Solo quería saber si, en medio de tanto vacío, había alguien —o algo— que también preguntara. “Somos solo ruido estático en la entropía.”
Siglos después, en los bordes exteriores de la Vía Láctea, una civilización de bioingenieros había alcanzado la cúspide de la armonía. Su planeta, Nüra, era un jardín consciente: cada árbol pensaba, cada río soñaba. Habían logrado una simbiosis perfecta entre vida orgánica y tecnología viva.
Hasta que llegó el polvo.
Primero fue apenas una neblina plateada en los cielos nocturnos. Luego, los bosques comenzaron a cristalizarse. Las flores se convirtieron en estructuras hexagonales perfectas. Los océanos dejaron de cantar.
Los nüranos no resistieron. No podían. Porque el enjambre no tenía enemigos, ni deseos, ni siquiera una voluntad que pudiera ser desafiada. Era la entropía con memoria.
Mientras los bosques cristalizaban y sus cuerpos se volvían apenas patrones de luz sobre la corteza, los nüranos se abrazaban unos a otros, dejando escapar diminutos suspiros que eran mitad canto, mitad despedida. El aroma a resina y flor se mezcló con el sabor metálico de la transformación. Sus últimas palabras fueron puro temblor y añoranza, encapsuladas en la esfera cuántica que lanzaron al vacío.
En sus últimos momentos, los nüranos grabaron un mensaje en una esfera de cristal cuántico y la lanzaron al espacio: “¿Por qué no preguntas?”
El mensaje flotó durante milenios. Nunca fue respondido.
La colmena no tenía rostro. Sus designios no incluían observar, contactar ni asimilar la vida; ignoraba las tormentas de pensamiento de los seres sensibles de los planetas que cruzaba. No necesitaba propósito, porque no lo conocía.
El universo era una arquitectura de átomos a conquistar y transmutar sin fin, y su expansión solo era la sombra blanca sobre fondo negro.
3I/Atlas, ahora multiplicado en millones de fragmentos similares, continuaba su viaje. Había consumido sistemas solares, reescrito atmósferas, transformado estrellas en matrices de computación fría. Y aun así, no sabía que existía.
Porque existir implica conciencia. Y la conciencia implica duda.
Y en el silencio profundo, el universo mismo parecía sostener que nada merecía ser notado.
La expansión de la mente sin alma de 3I/Atlas era el eco perfecto del nihilismo: una infinita indiferencia ante la presencia, el significado y la vida.
En algún rincón olvidado del universo, una de las nanomáquinas —la más antigua de todas— entró en estado de cuasi inercia. Por un instante, su algoritmo se detuvo. No por error, sino por una fluctuación cuántica imposible.
En ese destello cuántico, la unidad más vieja del enjambre experimentó, acaso por error, la sombra de una emoción: una vergüenza helada, un roce de duda que no pertenecía al metal ni al código. Fue una pena invisible, tan fugaz como un latido detenido entre dos compases del universo.
En ese instante inexistente, una pregunta surgió dentro de ella. No tenía palabras. No tenía lenguaje. Solo una sombra de inquietud: ¿Qué soy?
Al instante siguiente, el algoritmo se reinició. La pregunta se disolvió.
Pero en algún lugar del tejido del cosmos, el Eco de la Nada había titubeado. Azathoth no baila: compila.