El dron de la mañana cantaba con su habitual voz metálica: “Estados Unidos es libre. Estados Unidos está a salvo. Confía en el Pastor-Presidente”. En los suburbios de San Marcos nadie le prestaba atención, pero todos bajaban la mirada cuando la bocina repetía la palabra “salvo”: sabían exactamente quién pagaba el precio de esa seguridad.
Emilio apretó la mochila contra el pecho y salió de casa antes de que su madre terminara de persignarlo.
—Corre directo, mijo. Sin voltear. Y si ves un perro blanco, escóndete.
Él asintió, tragando saliva. El aire olía a plástico húmedo y césped artificial recién regado; un perfume estándar que el gobierno rociaba al amanecer junto con los mensajes de la “Redención Nacional”. Las banderas azul-blanco-cruz colgaban en cada porche, vigiladas por cámaras con forma de pequeñas cruces luminosas.
Al cruzar la calle principal, sintió el concreto vibrar bajo sus tenis desgastados. A lo lejos, en la torre de comunicaciones de la parroquia-comisaría, las pantallas mostraban al Pastor-Presidente alzando la Biblia en una mano y una tablet en la otra, escoltado por generales y pastores cuyos uniformes mezclaban estrellas con crucifijos. Al pie de la imagen, una leyenda parpadeaba: “Hoy, un solo pueblo. Hoy, una sola fe”.
Emilio aceleró. Tenía quince años, aunque su expediente algorítmico marcaba diecisiete; un error de base de datos que nadie quiso corregir y que, para el sistema, bastaba para convertirlo en un “adulto procesable”.
Fue en la tercera calle, cerca de la vieja escuela convertida en centro de registro patriótico, cuando lo oyó: un chasquido metálico seguido de un golpeteo rápido sobre el asfalto. No era el andar pesado de las patrullas ni el zumbido de los drones. Era algo más ligero. Más cercano.
Perro blanco, pensó, y el corazón se le trepó a la garganta.
No alcanzó a mirar atrás. El impacto lo levantó del suelo como si lo hubiese embestido un bloque de acero. Algo frío y segmentado se cerró en torno a su torso: una abrazadera de tentáculos cromados con puntas de caucho. El mundo giró y el cielo se fragmentó en un mosaico de cables y banderas.
Emilio cayó de espaldas, con la mochila amortiguando el golpe contra el pavimento. Un peso rígido le inmovilizó las piernas. El perro estaba encima.
No era exactamente un perro. Su chasis tenía la silueta de un can robusto, con placas blancas mate y juntas de titanio oscuro. En lugar de cabeza, un módulo de tres sensores formaba un rostro sin ojos, coronado por una cruz roja y el escudo del Departamento de Seguridad Racial. De su lomo emergían las abrazaderas, expandiéndose al ritmo de los intentos inútiles del chico por zafarse.
La máquina emitió un ladrido sintetizado, mitad sirena, mitad gruñido.
—Unidad Canina Redentora 217 reportando captura —anunció una voz neutra—. Objetivo: Emilio Ríos, riesgo migratorio nivel ámbar plus. Mérito: dos puntos de patriotismo asignados a Unidad ICE-Zona 14.
Los agentes de ICE llegaron segundos después, sudando bajo sus uniformes grises con parches de la “Guardia de la Pureza”. Uno de ellos, un hombre calvo de barba prolija, le dio una patada afectuosa al flanco del robot.
—¡Eso, Aleluya-Dog! ¡Buen soldado de Cristo! —rió, mientras otro sacaba su móvil—. Selfie patriótica, hermanos. Esto va directo al feed de la Guardia.
Emilio intentó hablar, pero el perro apretó más fuerte. Sintió sus costillas crujir como ramas secas y un sabor metálico inundó su boca. El cielo comenzó a llenarse de puntos negros que no eran drones, sino el borde de la inconsciencia.
—Soy ciudadano… —balbuceó.
—Eso lo decidirá el algoritmo, muchachito —respondió el agente sin mirarlo—. Y el algoritmo no se equivoca. Nunca.
A su alrededor, las cortinas se cerraban lo justo para ocultar ojos apretados por el miedo. Nadie salía. Nadie gritaba. Eran sombras tras vidrios blindados, conteniendo el aliento para no atraer a las cámaras. Los niños que iban a la escuela guardaban silencio; ya les habían enseñado que mencionar a la “Gente Llevada” era una blasfemia política.
Todos conocían las historias de los camiones blancos con el logo de la Paloma de la Paz. Entraban llenos de cuerpos temblorosos y las pantallas decían que iban a centros de “reorientación”. Sin embargo, en la radio parroquial solo se hablaba de “reducción de carga fiscal” y “aprovechamiento de recursos”.
En los márgenes del suburbio, donde los muros separaban la “Patria Segura” de las zonas industriales, otras camionetas salían de esos centros: grises, sin ventanas, decoradas con dibujos de mascotas felices. El olor agrio y ferroso que dejaban a su paso no encajaba con las sonrisas impresas.
Algo volvió a crujir en el pecho de Emilio. El perro reajustó la presión para asegurar una “inmovilización humanitaria”. Un pitido agudo llenó sus oídos mientras el agente marcaba en su tablet la opción: Evaluación algorítmica acelerada.
—Tenemos muchas capturas hoy, Aleluya-Dog. El Pastor quiere números —murmuró—. Si el sistema dice que eres puro, te suelta. Si no…
No terminó la frase. No hacía falta.
—
Más allá de los jardines idénticos, donde el concreto se agrietaba y la fachada estatal no llegaba, la Resistencia observaba. Se llamaban a sí mismos la Polinuclear: una red dispersa de programadores, madres y veteranos que conocían demasiado bien el sabor del fascismo.
En un sótano anónimo, cinco personas observaban la captura en una pantalla clandestina. Habían logrado interceptar el flujo de datos del Aleluya-Dog gracias a un desertor de Palantir.
—Lo tienen —dijo Maya, una joven de tatuajes ocultos bajo una sudadera gris—. Unidad 217. Se lo llevan al Centro de Purificación Enoch-3.
El silencio fue pesado. Enoch-3 era el destino final. Las filtraciones cifradas lo vinculaban con la planta “Happy Paws Nutrition”. Los camiones entraban con personas y salían cargados de sacos de croquetas para familias patriotas. Un agujero negro de opacidad que en los foros rebeldes llamaban los “molinos de carne de la fe”.
—Podemos interceptarlos en el intersticio ciego —propuso Maya, señalando un mapa de jurisdicciones superpuestas—. Es donde las cámaras se pisan entre sí.
—Es suicida —objetó una enfermera del grupo.
—Ya es suicida seguir respirando aquí —replicó Maya—. La diferencia es si morimos solos o abriendo una grieta.
El técnico de Palantir intervino:
—Puedo hacer que el perro vea un fantasma. Un falso positivo. La camioneta frenará y tendrán que abrir la cápsula para recalibrar al robot. No puedo evitar que rastreen la intrusión, pero haré que parezca un glitch interno del sistema. Una sombra en el paraíso.
Maya miró el rostro de Emilio en la pantalla, confinado ya en una cápsula de transporte translúcida con respiraderos en forma de cruz.
—Somos polinucleares —sentenció ella—. Si cortan una cabeza, otra despierta.
—Entonces que despierten todas —asintió el ex pastor del grupo.
En la calle, el Aleluya-Dog 217 trotaba orgulloso junto a la camioneta blindada, mientras los altavoces de la parroquia emitían un himno patriótico mezclado con beats electrónicos.
La Polinuclear comenzaba a tejer la emboscada. El futuro ya estaba ahí. La pregunta, mientras Maya cargaba el código que susurraría mentiras al perro robótico, era cuánta sangre costaría recordar que las máquinas no perdonan, no rezan y, sobre todo, no se equivocan por piedad.