
Hexwick Umbratripa nació en las entrañas de una aldea gnómica minera perdida bajo cordilleras sin nombre, donde el cielo era un rumor y el sol una superstición. Allí, los túneles se medían en generaciones y las historias hablaban más de vetas agotadas que de hazañas heroicas. Hexwick vino al mundo regordete, con manos pequeñas hechas para pesar minerales y un apetito voraz que sus padres celebraron como augurio de fortuna: “un estómago grande atrae sacos llenos”, decían los viejos mineros. Desde niño, sin embargo, miraba más las sombras que las vetas; entre el polvo de las cavernas creía ver formas que lo observaban, siguiéndole con una paciencia antinatural.
Una noche, mientras ayudaba a registrar en un libro contable los cargamentos de mena —la única magia respetada en la aldea era la de los números—, un temblor hizo colapsar una galería secundaria. Hexwick cayó por una grieta y despertó en una cámara que ningún mapa mencionaba. En el centro, un monolito de roca negra sudaba penumbra, cubierto de símbolos que parecían moverse cada vez que parpadeaba. Al tocarlo, oyó una voz que le ofreció un trato: conocimientos suficientes para que ningún derrumbe lo tomara por sorpresa y poder para que ningún capataz volviera a gritarle, a cambio de “una vida dedicada a que los secretos nunca murieran”. No firmó con sangre, porque el ente al otro lado se conformó con algo más profundo: la promesa de que Hexwick jamás dejaría de hurgar donde no debía.
Desde entonces, las sombras empezaron a susurrarle. Aprendió a leer grietas como otros leen runas, a oler el gas antes de que encendiera la lámpara, a prever en las vibraciones del suelo cuándo una galería estaba a punto de ceder. Pronto, los mineros dejaron de verlo como un niño y empezaron a llamarlo “Maese Umbratripa”, medio en broma, medio con respeto temeroso. Él les devolvía favores anotando cada deuda en un cuaderno que guardaba junto al corazón, un precursor de su futuro libro contable de almas. Fue en una de esas patrullas subterráneas, investigando una veta recién abierta, cuando encontró a una criatura encadenada a una estalagmita: un pequeño demonio enjuto, de ojos amarillos y cola prensil, que se presentó como Chismagor y aseguró conocer atajos entre planos… y chismes entre mortales. Hexwick, incapaz de resistirse a la promesa de “información exclusiva”, lo liberó, sellando así un segundo pacto, más personal y menos cósmico.
Con el tiempo, su utilidad se volvió peligrosa para la aldea. Cada accidente evitado revelaba también una irregularidad, un contrabando, una mentira en los libros. Hexwick no soportaba ver un número fuera de lugar, y su manía por ajustar cuentas lo enemistó con los administradores que se enriquecían con pesajes falsos. Chismagor, encantado, le susurraba nombres, fechas, contraseñas; juntos desenmascararon tantos fraudes que, una madrugada, el consejo de la mina le agradeció sus servicios y le pidió que “explorara horizontes más amplios antes de que las rocas se volvieran en su contra”. Comprendiendo la amenaza velada, Hexwick empacó su grimorio grasiento, su bastón-calavera recién tallado y una cantidad absurda de snacks, y dejó atrás los túneles donde había aprendido a escuchar a la oscuridad.
El mundo de la superficie le resultó estridente, pero también lleno de oportunidades de contabilidad moral. Recorrió aldeas y caminos ofreciendo sus servicios como inspector de catacumbas, auditor de criptas y negociador de deudas sobrenaturales; si un pueblo tenía un problema con espíritus o maldiciones, él llegaba con una sonrisa aceitosa y un contrato listo. Chismagor, siempre trepado en su hombro, recolectaba rumores sobre ruinas, profecías y nombres olvidados de patronos rivales. De boca en boca, las historias de un gnomo brujo panzón que “arreglaba problemas oscuros a cambio de cláusulas aún más oscuras” lo fueron empujando hacia la Costa de la Espada, donde ciudades como Neverwinter y Baldur’s Gate convertían la corrupción en arte refinado.
Baldur’s Gate lo recibió envuelto en bruma y olor a sal, sus murallas alzadas como un libro de cuentas gigantesco lleno de anotaciones ilegibles. El puerto bullía de comerciantes, contrabandistas y aventureros, todos convencidos de que estaban a una sola jugada de cambiar su destino, o el de alguien más, para siempre. Hexwick sintió que la ciudad entera era un inmenso deudor en mora: barrios ricos levantados sobre miserias cuidadosamente ocultas, calles donde cada farol proyectaba sombras más largas de lo razonable. “Aquí hay trabajo para toda la vida”, murmuró, mientras Chismagor señalaba con un dedo garra una avenida que ascendía hacia la parte más antigua de la urbe. Lo que ninguno de los dos sabía era que, en otro punto de esa misma ciudad, una guerrera de piel gris y cabellos de plata, marcada por una profecía lunar y un pasado de ruinas y soledad, acababa de llegar con su espada al costado y el destino de los clanes élficos sobre los hombros.
Fue en una noche de luna llena, cuando el resplandor pálido se filtraba entre las tejas de la Ciudad Baja, que sus caminos se cruzaron. Hexwick había aceptado un encargo para inspeccionar una vieja fortaleza reutilizada como almacén, donde se rumoreaba que sombras armadas patrullaban sin descanso. Aelyra Steelmoon, siguiendo un rastro de profecías y rumores sobre un “eco arruinado de Eldrithal” en tierras lejanas, llegó al mismo lugar buscando pistas. Al doblar una esquina, el gnomo casi se estrella contra la armadura verde y el brillo acerado de la espada Luz de Luna; Chismagor, asustado, trepó al techo con un chillido. Hexwick alzó las manos, no tanto por miedo como para demostrar que no llevaba ningún recibo preparado todavía, y soltó la frase que sellaría el inicio de una alianza improbable:
Disculpe, señora… ¿ya tiene contabilidad para sus enemigos, o le ofrezco un paquete completo de auditoría de sombras?
Aelyra, acostumbrada a la soledad pero no a semejante descaro, sonrió por primera vez en mucho tiempo.
