Juro que todo empezó como un sueño, uno de esos pesados que huelen a metal y a sudor viejo. Pero luego me di cuenta de que no estaba dormido, o al menos eso creo. Iba en la Línea 3, estación Guerrero, sentado frente a la puerta que no cierra bien. Era temprano, siete y algo. Yo iba al trabajo, o debía ir, aunque no recuerdo ya en qué oficina. Solo sé que el vagón iba casi vacío, salvo por una señora con un rebozo gris y unos jóvenes que susurraban nombres.
Los nombres me sonaron conocidos: “Iván, Rubén, Paola, Julio…” Igual que en las mantas que cuelgan afuera de la Catedral: rostros en blanco y negro, miradas fijas al más allá. Tuve la impresión de que los jóvenes estaban llamándolos, como si esperaran que alguno respondiera desde el túnel. Y lo curioso —y aquí es donde muchos me dicen que exagero— es que sí respondieron.
Primero escuché un murmullo desde el fondo del vagón. Luego una mano tocó el cristal, pero desde afuera, desde la oscuridad de la vía. Un rostro apareció adherido al marco, translúcido, con la piel como agua sucia. Me quedé helado, pero la señora del rebozo siguió tejiendo, tranquila, como si nada.
—No los mires a los ojos —me dijo sin verme—. Nomás quieren que alguien los recuerde.
Yo quise hablar, preguntar qué diablos pasaba, pero la garganta se me apretó. El tren comenzó a avanzar más rápido, tan rápido que el túnel se volvió una sola línea naranja. Entonces los vi: cientos, quizá miles, avanzando junto a nosotros. No corrían, flotaban. Cada uno llevaba una playera distinta, un uniforme escolar, una gorra militar. Algunos cargaban teléfonos en la mano, brillando intermitentes, como luciérnagas.
Sé que suena loco, y tal vez lo sea. La cosa es que desde ese día los veo por todas partes. A veces en el reflejo de un parabús, otras en los espejos del metro cuando el convoy se detiene más tiempo del normal. Dicen que la ciudad se tragó a tantos durante la guerra contra el narco, que ya vive indigesta, rumiándolos cada noche. Yo lo creo.
Una vez hablé con un policía en Balderas. Le conté lo del vagón, los rostros, los teléfonos brillando, y me respondió que no existía ningún registro de eso. Me pidió mi nombre completo. Se lo di. Luego me preguntó si tenía familiares desaparecidos. “No”, le dije. “A mí nadie me falta.” Pero la verdad es que desde entonces sueño con una mujer que llora en el patio de mi casa, gritándome ¿dónde estás, hijo?.
Tal vez fui yo uno de esos nombres que los muchachos susurraban. Quizá el tren donde sigo viajando nunca se detuvo. A veces pasa un convoy junto al nuestro, lleno de gente mirando sus pantallas, sin darse cuenta de nosotros, los que vamos en silencio, recorriendo la línea de Universidad a Balderas, esperando que alguien pronuncie bien nuestro nombre.
No juro nada de lo que digo. Solo sé que, cuando cierro los ojos, oigo el rechinido del metro y la voz cansada del altavoz: “Próxima estación: Zapata.” Y cada vez hay menos luz.