Dedicado a Masakazu Katsura, genio que enseñó que de una vieja videocasetera puede salir algo más que ruido y estática; y a la memoria de María Martha García, madre que sostuvo un hogar, una cocina y un hijo que siguió contando historias incluso cuando a ella empezaban a borrársele los recuerdos.
José Luis Cruz estaba convencido de que los milagros no sucedían a los cincuenta. Milagro era haber llegado vivo, con el corazón maltrecho pero latiendo, a la víspera de su cumpleaños. Milagro era que la depresión no lo hubiera tumbado en definitiva. Milagro, también, era que su vieja videocasetera, silenciosa durante veinte años, siguiera encendiendo.
Volvía a casa, una tarde cualquiera de Ciudad de México, con el cansancio de siempre instalado entre los hombros, cuando se topó con algo que no debería existir: un videoclub. No una franquicia moderna, sino uno de esos locales angostos, de letrero vistoso, que parecían haber quedado atrapados en los años noventa. Sobre la puerta, un rótulo: GOKURAKU. Paraíso. José Luis tenía una relación peculiar con lo extraño: no huía de ello, lo buscaba. Así que empujó la puerta y entró. El olor a plástico envejecido, cartón y polvo de alfombra le golpeó la memoria más que la nariz. Había paredes atiborradas de cintas VHS, carátulas de chicas sonrientes, de ojos grandes y poses sugerentes, estilizadas como heroínas de anime.
Un hombre viejo, de sonrisa amable y mirada demasiado viva, se le acercó desde el mostrador. Le explicó que eran nuevos en el barrio, que por inauguración la membresía era gratis, igual que el primer alquiler. Era una oferta demasiado absurda para rechazarla.
José Luis paseó entre las repisas, incómodo entre tantos rostros jóvenes y perfectos. No buscaba nada en particular: solo un pedazo de tiempo que no le pertenecía. Entonces la vio. Una carátula sencilla, una chica de cabello corto, sonrisa descarada, y un título que parecía una broma privada: “Amano Ai: te haré feliz”. Reconoció de inmediato el eco de algo antiguo, los años de universidad en que coleccionó el manga y, después, vio las OVA casi a escondidas, enamorándose en silencio de aquella video girl que salía de la pantalla para acompañar a un chico tan torpe y solo como él.
—¿Por qué no? —murmuró, tomando el cassette.
Llenó el formulario con una letra que delataba cansancio, recibió la cinta en una bolsa plástica transparente y un “que pase buena noche” del encargado, acompañado de una mirada que le pareció demasiado atenta. Luego caminó hasta su edificio, subió las escaleras, entró al departamento que alguna vez fue de sus padres y que ahora era su fortaleza y su cueva.
La videocasetera, cubierta por una fina capa de polvo, aguardaba como un animal dormido. José Luis la desempolvó, conectó los cables a la televisión, cruzó los dedos y la enchufó. Contra todo pronóstico, el foco rojo se encendió. Insertó la cinta, respiró hondo, tomó el control remoto y presionó play.
Primero vino el ruido: estática, líneas de colores, un logo de Gokuraku que parpadeó más de lo razonable. Luego, en lugar de menús o créditos, apareció ella. Sentada en el borde interior de la pantalla como si el marco fuera una repisa, camisola clara, falda corta, medias hasta medio muslo, tenis, la expresión entre aburrida y divertida de alguien a quien han hecho repetir un diálogo demasiadas veces.
—Vaya, vaya… —dijo la chica, mirándolo directamente a través del cristal—. Casi cincuenta, solo en casa, desempolvando una VHS del pleistoceno… qué deprimente.
José Luis dio un respingo. La voz no tenía el eco metálico del audio pregrabado. Había pausas, respiraciones, una entonación que parecía esperar una respuesta. Y aun así, eligió reírse de sí mismo.
—¿Y qué te importa a ti? Eres solo una cinta —gruñó, más para el cuarto vacío que para la pantalla—. Bueno, juguemos. Quiero una compañera que se quede conmigo esta noche, y que por la mañana no desaparezca. ¿Puedes hacerlo, “Amano Ai”?
La chica torció el gesto, ofendida. Luego sonrió peligrosamente.
—Mira quién habla, señor “siempre he estado solo” que se ríe frente a la tele —replicó—. Soy Amano Ai, video girl de Gokuraku. Se supone que debo hacerte feliz y todo eso. Pero si me hablas así, vamos a empezar mal.
Entonces vino la frase que lo cambió todo:
—Di conmigo: “Ai, quédate conmigo esta noche… y mañana también”.
José Luis, mitad cínico y mitad niño asustado, obedeció. En cuanto terminó la frase, la imagen hizo un “pop”, el audio se saturó y la habitación se llenó de un zumbido eléctrico. La chica se quedó muy quieta, ruborizada, como si algo le hubiera golpeado el pecho. Luego dio un paso hacia el frente… y su pie traspasó la pantalla como si fuera agua.
En unos segundos, con un tropiezo poco elegante, Amano Ai estaba de rodillas en el piso de su sala, respirando, parpadeando, mirando sus propias manos con incredulidad.
—Felicidades —dijo al fin, levantando la vista—. Acabas de convertir tu VHS viejo en algo que ni las IAs modernas pueden hacer: trajiste a una video girl a tu departamento.
Conversaciones en la cocina
El resto de la noche se fue llenando de pequeñas pruebas de realidad. La tibieza de la mano de Ai cuando le pidió que fuera a traerles algo de beber. El olor a colonia exagerada cuando José Luis, nervioso, se bañó en fragancia antes de volver de la cocina. La forma en que sus dedos encontraban músculo y hueso cuando ella le puso la mano en el hombro y lo obligó a sentarse.
En la sala lo esperaban sus fantasmas: la foto de su madre, María Martha, con una chamarra clara y un lápiz de colores entre los dedos, detenida para siempre en un gesto de sorpresa suave. Ai se acercó al marco y habló de ella con respeto, como si pudiera verla más allá del papel.
Luego vinieron el café barato y el pan dulce: una chorreada de Tingüindín, Michoacán, plana, enorme, preparada con trigo y piloncillo, de esas que suelen compartirse en familia. José Luis se la ofreció con pudor; Ai la mordió con entusiasmo, declaró que era un “escudo vikingo” delicioso y, sin darse cuenta, nombró familia a los dos compartiendo migas sobre el linóleo gastado.
Entre sorbos de café y bocados de pan, el hombre confesó lo que casi nunca decía en voz alta: su depresión de años, el miedo a preocupar a su padre, las incontables noches en que había deseado no despertar. Habló también de su madre y del Alzheimer que se la había ido llevando en pedazos, borrando recuerdos recientes hasta vaciarle la mirada.
Ai lo escuchó todo. No como una terapeuta, ni como una novia ideal de catálogo, sino como lo que era: una presencia extraña y cálida, sentada en la misma cocina donde María Martha había cocinado durante décadas. Le dijo que no estaba loco por querer morir; que, en todo caso, había sido brutalmente fuerte por seguir vivo con esa carga. Que la armadura que se había construido para enfrentarse a un mundo cruel no le hacía menos digno de cariño.
Y cuando José Luis quiso mostrarle algo más íntimo, volvió a la habitación y puso a sonar una canción que conocía de memoria: “Message”, de Nav Katze, parte de las OVA originales de Video Girl Ai. La melodía llenó el departamento, tendiendo un puente directo a su yo universitario, al chico que la había deseado desde una pantalla borrosa, queriendo que una chica como Ai saliera a acompañarlo.
—Te conozco desde entonces —pensó—. Te deseé desde la universidad, cuando me sentía tan solo.
Ai reconoció la música al instante. Sus ojos se humedecieron de una emoción que tal vez no estaba en su programación original. Allí, en medio de la cocina mexicana, con café frío, pan de pueblo, la foto de una madre ausente y una canción japonesa de hace décadas, los dos compartieron algo difícil de nombrar: un sueño dentro de un sueño.
Para anclar ese milagro al mundo tangible, José Luis propuso una foto. Se vistió con el mismo traje negro, camisa roja y sombrero que una vez había usado para sentirse digno de ser visto, y Ai se acomodó a su lado, abrazándole el brazo con una sonrisa luminosa. El clic de la cámara instantánea dejó un rectángulo blanco que, minutos después, revelarían con cierta ansiedad infantil.
Cuando la imagen apareció, ahí estaban: él, erguido pero con la timidez evidente en la comisura de los labios; ella, pegada a su costado, medio cuerpo girado hacia él, como si lo eligiera ante el lente. La habitación, sencilla pero viva, quedaba testigo del encuentro.
—Guárdala donde tienes la foto de tu mamá —sugirió Ai—. Así estaré junto a ella. Dos pruebas de que no siempre estuviste solo.
La noche siguió su curso entre historias de universidad, recuerdos de cuando coleccionaba el manga de *Video Girl Ai*, anécdotas sobre el canal de YouTube donde José Luis narraba cuentos de horror, y confesiones sobre la rabia que sentía hacia un mundo que parecía castigar la sensibilidad. Ai habló de su propio origen: de cómo fue diseñada para consolar a un chico llamado Yota Moteuchi, de cómo un fallo en la videograbadora alteró su personalidad, obligándola a sentir y a desobedecer mandatos simples.
A medida que el cansancio físico se imponía al cansancio emocional, ambos terminaron vencidos por el sueño en el sillón, abrazados como dos viejos amigos que hubieran sobrevivido a la misma tormenta.
José Luis despertó con la luz pálida del amanecer colándose por la ventana. Tardó unos segundos en notar el vacío a su lado. No había rastro de Ai en el sillón. El televisor estaba apagado, el VHS ausente del mueble. Por un instante, creyó haberlo soñado todo. Entonces vio, sobre la mesa, la Polaroid ya seca: él y Ai, hombro con hombro, sonriendo a una cámara que nadie recordaba haber sostenido.
La tristeza llegó como una ola conocida. No se había despedido. No sabía si volvería a verla. Se sentía, otra vez, como aquel joven que cerraba un tomo del manga sabiendo que las páginas no podían abrazarlo de vuelta.
Caminó hasta la cocina, arrastrando los pies, buscando el consuelo mecánico del café. Y allí encontró otra prueba de que la noche había sido real: sobre el plato hondo reposaba un tamago frito, ligeramente quemado por los bordes, sobre una cama de arroz blanco más o menos bien hecho. A su lado, una nota doblada en dos.
La abrió con manos temblorosas.
En la caligrafía irregular de Ai, leyó palabras que hablaban de su llegada al cumpleaños como una victoria, de su fuerza para seguir vivo pese a tantos deseos de desaparecer, de cómo no estaba tan solo como creía mientras siguiera creando historias, cuidando la memoria de su madre y dejando entrar, aunque fuera por una noche, a gente —o video girls— dispuestas a acompañarlo.
Le decía que no lo despertó porque, después de tantos años deseando no abrir los ojos, por fin lo había visto dormir en paz. Que la foto era su ancla, el arroz quemado la prueba de que ella también era torpe y real dentro de ese sueño prestado. Que, si alguna vez volvía a encontrar un Gokuraku y se atrevía a darle play de nuevo a su cinta, quizá volvería a salir para gritarle “idiota” y compartir café mal hecho.
Al final, lo llamaba por su nombre completo y le deseaba feliz cumpleaños. Le agradecía haber pedido no solo una noche, sino “mañana también”.
José Luis se sentó en la silla que había sido de su madre, miró la nota, el plato de arroz y la foto apoyada contra la azucarera. Lloró un poco, sonrió un poco, y luego encendió la cafetera. Había pan de ayer, café barato y un huevo reseco; había soledad, sí, pero también algo nuevo: la sensación de que, en algún rincón entre cintas y recuerdos, alguien lo había visto y había decidido quedarse, aunque fuera por unas horas.
Cuando el primer sorbo de café le calentó la garganta, tomó una decisión silenciosa. Esa noche, en su canal, grabaría un cuento de horror distinto. No uno sobre monstruos externos, sino sobre un hombre que, al borde de los cincuenta, encuentra en un videoclub imposible a la heroína de un manga que lo acompañó en su juventud. Una chica que salía de la pantalla no para ofrecerle un amor perfecto, sino para recordarle que seguir vivo, con todo y heridas, ya era una forma de valentía.
Luego miró el calendario pegado en la puerta del refrigerador. Era oficial: había cumplido cincuenta.
—Feliz cumpleaños, José Luis —murmuró, alzando la taza hacia la foto de su madre y hacia la Polaroid recién revelada—. Gracias por quedarte esta noche… y por seguir aquí, mañana también.