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Una Tarde en el Café: El Orden de la Vigilancia

La cafetería “La Presa” queda en una esquina de la Roma, con esos grandes ventanales que hoy dejan entrar el sol del atardecer —cálido, oxidado—. Las mesas de madera gastada, las tazas de cerámica rústica. Un par de ordenadores portátiles en la barra, estudiantes con cara de cansancio. En una mesa apartada, cercana a la ventana, Joaquín —escritor y productor de contenidos, bigote cuidado, lentes de marco grueso, la ropa con ese desorden intencional de quien trabaja desde casa— toma café junto a Marina, una investigadora de politología que vino desde una sesión de seminario en la universidad. El sol les da de lado, tiñendo sus expresiones de ese ámbar que lo vuelve todo más serio.

Joaquín acaba de exponer una idea que ha estado bullendo en sus redes: el colapso del sistema educativo estadounidense como piedra angular de un futuro fascista tecnocratizado.

Marina —revolviendo su cappuccino, mirando por la ventana— Escuché lo que dijiste en el grupo, sobre la educación desigual en Estados Unidos. No es paranoia, ¿eh? Los datos están ahí.

Joaquín —inclinado hacia adelante, los codos en la mesa— Es que es exacto lo que pasa. Un sistema educativo que mantiene pobres a los pobres, que no genera movilidad social, que baja su productividad cada vez más… ¿Para qué quieren que la gente esté lista si la van a automatizar, a vigilar, a controlar?

Pausa. Toma café, amargo.

Joaquín —La educación ha sido siempre la puerta de salida. Pero si la cierran, si la desigualdad educativa es estructural… entonces solo queda el control. Y ahora lo hacen con algoritmos.

Marina —asintiendo lentamente —Sí, eso es el “fascismo digital” del que hablas. No necesitan botas y banderas. Los algoritmos hacen el trabajo. Vigilan a la gente en redes, en las escuelas con plataformas educativas que extraen datos, en las migraciones…

Se detiene. Algo oscurece su cara.

Marina —¿Sabes lo que pasó esta semana? En San Diego, las redadas de ICE crecieron mil quinientos por ciento en un mes. Mil quinientos. Y no es así de la nada. Están usando IA, reconocimiento facial, análisis de conductas de riesgo basado en… bueno, en si eres latino, si vives en un barrio latino, si tienes familiares indocumentados.

Joaquín —recostándose en la silla, mirando hacia el techo —Es el filtro. Van a crear un filtro tan fino que no veamos que estamos en una jaula. Y funciona mejor si la jaula es para la gente de color, para los migrantes, para los pobres. Porque si es para todos, la gente se rebela.

Marina —Exacto. Eso es lo inteligente y lo aterrador. Es selectivo. Pero al mismo tiempo está montado el sistema. Si mañana cambia el clima político, ese mismo aparato puede voltearse contra cualquiera.

Entra un grupo de chicas riendo. El ruido contrasta con la gravedad de lo que se habla. Joaquín espera a que pasen.

Joaquín —Hay algo que me parte el alma: que no es paranoico pensar que pueden matarnos si nos ven innecesarios. Porque ya lo han hecho. Tuskegee. Guatemala. Viruela a los indígenas. Las élites saben que pueden experimentar con cuerpos desechables y nadie va a hacer nada.

Marina —dejando la taza, incómoda —Eso es lo que la gente no quiere ver. No quiere ver que la historia no es lejana. Es como… desde hace cinco siglos están jugando con nosotros. Infectando, estudiando, replicando. Y ahora tienen computadoras cuánticas y IA.

Joaquín —Y lo peor es que tampoco necesitan matarnos. Es más eficiente dejarnos enfermizar, sin educación, vigilados, asustados. Un pueblo miedo no resiste. No organiza. No piensa.

Afuera, los coches pasan. Algoritmos en las cámaras de tránsito rastreando patentes, procesando imágenes de rostros.

Marina —¿Y Gates con el tema de la geoingeniería? Eso es lo que no puedo procesar. El tipo financia investigación para inyectar partículas en la atmósfera, para oscurecer el sol, sin saber qué va a pasar con los monzones, con las cosechas en Asia, en África…

Joaquín —levantando las manos —Es que viven en otro mundo. Tiene suficiente dinero para que, si se colapsa el planeta, él y su familia estén en un búnker comiendo fresas hidropónicas. Mientras nosotros peleamos por agua.

Marina —Y lo ofrecen como “solución climática”. Como si fuera heroico. Como si no fuera… el acto más imperial que se puede imaginar. “Vamos a tocar el termostato del planeta porque sí, porque tenemos dinero y tecnología.”

Joaquín sonríe, pero es una sonrisa amarga. Marina juega con el tenedor de su postre sin comerlo.

Joaquín —Lo que me asusta no es que tengan un plan perfecto para matarnos a todos. Me asusta que no lo necesiten. Que el sistema que han construido —vigilancia, desigualdad educativa, geoingeniería, control mediático, cristianismo nacionalista blindando a Israel— funcione sin necesidad de conspiración explícita. Es redundante. Es arquitectura.

Marina —mirándolo directo —Es verdad. Y los algoritmos se mejoran solos. No necesitan instrucciones nuevas cada día. Aprenden patrones de control y los replican. Es como… dar vida a tu propio verdugo, pero descentralizado, imposible de culpar a una persona.

Llega la mesera. Preguntan por la cuenta. El momento se dilata.

Mientras Joaquín saca su tarjeta para pagar, las luces de la cafetería comienzan a encenderse. La tarde cede. Afuera, en las calles de la Roma, millones de teléfonos generan datos. Las cámaras en las esquinas clasifican rostros. Los algoritmos duermen, pero ligero, y sueñan predicciones sobre quién será importante mañana, quién será redundante, quién merece vigilancia.

Marina mira la pantalla de su teléfono —una notificación de la app de su Universidad sobre un “nuevo sistema de asistencia basado en reconocimiento facial”—. Joaquín ve la misma notificación en paralelo en su feed de X. Ninguno de los dos comenta. Ya saben qué significa.

La pregunta que quedó flotando en el aire de la cafetería, sin respuesta, es esta:

¿Cuándo deja de ser paranoia defensiva y se convierte en realismo político? ¿En qué punto la observación de patrones históricos —exterminio de poblaciones, vigilancia de minorías, control de recursos, experimentos sin consentimiento— se transforma de “advertencia ignorada” en “infraestructura operacional”?

Y más incómodo aún: ¿si ya estamos dentro, si la jaula ya está construida y funciona sin escándalo, solo con la seducción de la eficiencia, la conveniencia, la “seguridad”… qué queda sino aprender a reconocerla?

Joaquín y Marina se van de la cafetería. El mesero limpia la mesa. Las tazas desaparecen. Nadie registró esa conversación. Ni siquiera fue importante. Pero en algún data center, en servidores refrigerados que arden de silencio, los patrones de ese barrio, esa hora, esa esquina, siguen siendo compilados, procesados, archivados.

Listos para cuando se necesiten.